Luc 1, 18-23

Dimanche 6 mars 2016

Luc 1, 18-23

Zacharie dit à l’ange : À quoi le saurai-je ? Car, moi, je suis vieux et ma femme est avancée en âge. L’ange lui répondit : je suis Gabriel, celui qui se tient devant Dieu ; j’ai été envoyé pour te parler et t’annoncer cette bonne nouvelle. Eh bien tu seras muet, tu ne pourras plus parler jusqu’au jour où cela se produira, parce que tu n’as pas cru en mes paroles, qui s’accompliront en leur temps. Cependant le peuple attendait Zacharie et s’étonnait qu’il s’attarde dans le sanctuaire. À sa sortie, il ne put leur parler, et ils comprirent qu’il avait eu une vision dans le sanctuaire ; il se mit à leur faire des signes et demeurait muet. Lorsque ses jours furent achevés, il rentra chez lui.

« À quoi le saurais-je ? ». Nous ne mesurons pas à quel point poser cette question fait entrer dans une adversité et un échange de questions-réponses stérile, alors que la fécondité se trouve ailleurs.  Poser cette question, jusqu’à parfois s’y arque bouter, annule la rencontre et la parole échangée. Pourtant l’annonce « Tu auras joie et allégresse »  est faite.  Le doute nous fixe dans notre névrose, nous empêchant d’entendre, alors que la joie nous en déplace. Dans le doute, nous agissons avec prudence, guidés par la peur. Zacharie en prenant appui sur le doute, empêche son cœur de s’ouvrir à la joie promise, aussi inattendue soit-elle.  Mais Gabriel, le messager de la vie, ne l’abandonne ni au doute, ni à la peur. Il élève Zacharie au silence.

Jean-Marie Quéré

Lucas 1, 18-23

Zacarías dijo al ángel: « ¿En qué lo conoceré? Porque yo soy viejo y mi mujer avanzada en edad.» El ángel le respondió: «Yo soy Gabriel, el que está delante de Dios, y he sido enviado para hablarte y anunciarte esta buena nueva. Mira, te vas a quedar mudo y no podrás hablar hasta el día en que sucedan estas cosas, porque no diste crédito a mis palabras, las cuales se cumplirán a su tiempo.» El pueblo estaba esperando a Zacarías y se extrañaban de su demora en el Santuario. Cuando salió, no podía hablarles, y comprendieron que había tenido una visión en el Santuario; les hablaba por señas, y permaneció mudo. Y sucedió que cuando se cumplieron los días de su servicio, se fue a su casa.

¿En qué lo conoceré? No nos solemos hacer idea de hasta qué punto hacer esta pregunta conduce a entrar en la adversidad y en el intercambio estéril de preguntas-respuestas, cuando en realidad la fecundidad se encuentra en otro lugar. Hacer esa pregunta, hasta el punto a veces de parapetarse en ella, anula el encuentro y la palabra intercambiada. Aun así, el anuncio se hace: “será para ti gozo y alegría”. La duda nos instala en nuestra neurosis, impidiéndonos escuchar, mientras que la alegría nos desplaza. En la duda actuamos con prudencia, guiados por el miedo. Zacarías, apoyándose en la duda, impide a su corazón que se abra a la alegría prometida, por muy inesperada que sea. Pero Gabriel, el mensajero de la vida, no lo abandona ni a la duda ni al miedo. Eleva a Zacarías al silencio.